lunes, 13 de mayo de 2019

Reliquia Familiar

El delgado cuerpo de la joven Dolores cayó por un pequeño barranco arrastrando piedras y arbustos. Una cosa ocupaba su mente, la ley de Murphy: «si algo malo puede pasar, pasará», y vaya si le habían estado pasando cosas malas a la pobre Dolores en las últimas horas, tantas que no le sorprendería que abajo hubiera un río lleno de cocodrilos hambrientos.
    Al final no había un río, pero sí el lecho de una vieja acequia donde crecían algunas chumberas y matas cargadas de espinas. El golpe contra el fondo fue doloroso, pero mucho menos traumático de lo que ella esperaba. Los impactos de bala que sonaron a su alrededor sí que fueron dramáticos. Provenían de arriba, de las armas de sus perseguidores. Sin tiempo para recuperar el aliento Dolores buscó refugio tras una roca, tratando de poner en orden sus pensamientos para trazar una ruta de escape a través de los viejos invernaderos que había al otro lado del barranco. Allá arriba, los plásticos, amarillentos, ajados y hechos jirones, flameaban como fantasmas enfermos de ictericia.
    Los disparos continuaron hasta que la voz de Klaus, uno de los hombres que le habían estado dando caza, se oyó con fuerza:
    —¡Alto, no disparéis! —ordenó—. ¡Dejad de disparar! —Tras una pausa en la que se pudieron escuchar voces discutiendo en árabe y en inglés, Klaus volvió a alzar la voz—: ¡Lola! Esto no tiene porque acabar tan mal.
    Dolores odiaba que la llamasen Lola.
    —¡Deja de llamarme así!
    Klaus puso los ojos en blanco y tomó aliento. El sudor recorría su atractivo rostro enmarcado por una barba de una semana que ya le empezaba a provocar picores. Cada vez soportaba menos el maldito clima almeriense.
    —Dolores, no es necesario más drama, ya ha habido suficiente sangre por hoy. —En su voz se notaba el cansancio. Perseguir a esa cría por los invernaderos bajo el sol ablandaba a cualquiera—. No voy a pedirte que te entregues. Sólo devuelve lo que has robado.
    —¡No he robado nada! ¡La flecha era de mi familia! ¡Es mía por derecho!
    Arriba volvieron a escucharse más voces en árabe, esta vez Dolores detectó cierta urgencia en ellas. La voz de Klaus sonó ronca y con un ligero tinte de preocupación.
    —¡Ganar tiempo no te servirá! No podré controlar a estos mucho rato. Dales lo que quieren y te juro que haré todo lo que esté en mi mano para que puedas salir viva. —Lo siguiente que dijo lo hizo en tono de súplica—: Dolores, por el amor dios, niña, que estos te quieren despedazar.
    «Estos» eran los matones de Abdel Samad, un mafioso dedicado al tráfico de drogas y a la trata de blancas en el sureste español, pero Abdel, que era un empresario multidisciplinar, decidió que era buena idea invertir y especular en antigüedades, así que ha estado adquiriendo ciertos objetos para su colección privada. A veces la forma de obtenerlos no era muy ortodoxa que digamos.
    Dolores no dejaba de mirar desesperada a su alrededor buscando una salida. Necesitaba tiempo.
    —¡Klaus, te aprovechaste de mi familia! Ellos no conocían el verdadero valor de la flecha. ¡Los engañasteis! —La joven tenía la garganta seca y le costaba alzar la voz. El calor allá abajo era insoportable.
    —Dolores, a esta gente le da igual el dinero. A estas alturas ellos valoran más el daño a su reputación que les has provocado al quitarles la flecha delante de sus narices. Si bajo hasta allí yo solo y me la devuelves te juro que no habrá represalias. Pero tienes que aceptar ya. Ahora.
    El otro lado del barranco, un muro vertical de más de tres metros, estaba forrado de espinos y enredaderas infestadas de púas. Klaus y los hombres de Abdel tenían la ventaja táctica de una posición elevada, además de que la superaban en número y en armas. Ellos tenían balas y ella solo piedras e insultos. No veía salida posible. Tenía sed y la ley de Murphy se volvió a confirmar cuando recordó que había dejado el agua en el todo terreno accidentado durante la huida. Al menos no había perdido su pequeño trofeo. Dolores abrió la cremallera de una bolsa deportiva y extrajo la punta de flecha. Era una cosa horrible: fea, tosca, oxidada y deforme; con vetas de coral petrificado y unas extrañas runas apenas visibles.

    A ella le dijeron que la flecha provenía del mar Negro, cerca de Anatolia; que fue rescatada por un antepasado pescador y conservada en la familia como objeto de buena fortuna. Una vez fue llevada a un museo para que la datasen y solo pudieron decir que era muy, pero que muy antigua.
    Su abuela le contó una vez una historia muy sugerente sobre el posible origen de la flecha cuando Dolores era una cría. Su abuela fue una mujer extraña. Tenía fama de libertina y tuvo muchos novios, todos ellos de gran atractivo y poder adquisitivo. Hizo fortuna gracias a las ventajosas cláusulas de divorcio y pensiones que le dejaron sus numerosos ex maridos. ¿Pudiera ser cierta la historia que le contó su abuela?

    —Está bien, Klaus. No confío en ti, pero has de bajar tú solo.
    —Gracias, Dolores. Es lo mejor para todos.
    Klaus esperó una respuesta, pero la chica guardó silencio. Después de hablar con los hombres de Abdel, Klaus comenzó a bajar por el barranco. La joven le esperaba con los puños cerrados. El hombre vio que el sujetador de la chica se transparentaba a través de la camiseta, empapada de sudor. Klaus comenzó una frase pero la rapidez de movimientos de la chica le sorprendió y dio un pequeño gemido cuando Dolores le clavó la flecha en uno de los pectorales.

    La magia de la flecha de Cupido hizo efecto, la flecha que cayó al mar cuando el dios del amor se pinchó con ella por error al descubrir la belleza de Psiqué, la hija del rey de Anatolia.

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